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DE LOS OROPELES AL SUBTE

El sordo cantar de Lima

De la adulación almibarada, hecha música y nostalgia en la canción criolla, Lima pasó a ser punto de las invectivas o reclamos de los nuevos limeños a través de la chicha o la música subte. Para la capital, nunca fue más cierto aquello de que todo tiempo pasado fue mejor. El siguiente es un apretado recuento musical de ese romance que ahora, al parecer, ha acabado tirándose los platos por la cabeza.

Por Enrique Sánchez Hernani

Cuando la primera marinera tomó ese nombre para independizarse de la zamacueca, tonadilla popular que era hija ilegítima del fandango español, y que antes se llamaba "chilena", nadie pudo adivinar que lo que hacía era dar pase a un género que se identificaría elocuentemente con Lima, aposento principal de los criollos, los descendientes de los españoles nacidos en América, y de todos los mestizos y zambos que se apretujaron bajo ese nombre, solo por distanciarse de la gran población indígena.

No por nada la primera marinera que se conoce, "La Antofagasta", de la inspiración de Abelardo Gamarra "El Tunante", iba a ser cantada por doña Rosa Mercedes Ayarza, limeña emblemática, y hermana del legendario Alejandro Ayarza "Karamanduka", capitalino, pintón y pendenciero, que por décadas iba a inspirar la imagen del criollo: bailarín, guapo con lo puños, y bohemio. Junto a la marinera, hacia finales del siglo XIX, se iban independizando en los callejones de un solo caño o en los solares multifamiliares, el waltz vienés y la polka polonesa. La música criolla iba tomando cuerpo, bajo la égida de Lima y los limeños.

Por eso no resulta raro que una de las más antiguas composiciones criollas de las que se tenga nota es "Recuerdo de Lima", un solo de piano escrito por un señor de apellido Pease en 1885. Con el advenimiento del siglo XX, la imagen del criollo se fortalece en la vida y en la música. El criollo limeño es, a partir de entonces y hasta entrados los años 60 del siglo pasado, el tipo emblemático del peruano, dejando al costado a la inmensa nación que crece al otro lado de la cordillera. Hacia el norte y un poco menos hacia el sur, por ósmosis, el criollo sienta su influencia.

DE LIMA AL MUNDO
A nadie le resultó curioso, entonces, que hacia 1911, una pareja de cantantes del limeñísimo barrio del Rímac, entonces llamado Malambo, Eduardo Montes y César Manrique, viajaran a Nueva York y grabaran algunos de los temas criollos más preciados para la Columbia Phonograph & Company. Grabaron un total de 91 discos con 182 temas. Con semejante hazaña se daba comienzo al apogeo de la Guardia Vieja. Y aunque en 1912 "Karamanduka" estrenaba una revista musical con sentidos valses y polcas, en Lima por supuesto, es recién en 1917 cuando la canción criolla, canto de sirena de los barrios limeños, gana su cima; aquel año, el inmortal Felipe Pinglo Alto, hijo de los Barrios Altos, da a conocer su primer valse: "Amelia".

Con estas figuras, y las que le siguieron, de rutilante estirpe, Lima se convierte en el epicentro del movimiento republicano más sólido de la música popular. Lo curioso es que la canción criolla es básicamente una música de nostalgia. Al lado de la temática amorosa o la jaranera, que exaltaba la fiesta, aparece una vertiente que añora los balcones coloniales y el pasado virreinal, sobre todo por el perdido oropel: los trajes elaborados y costosos, la arquitectura recargada, las calesas tiradas por caballos y hasta por la tapada de pie menudo, según juzga la canción.

Pinglo sería uno de los pocos que pondría en el cancionero limeño ciertos temas donde se intuye el conflicto social, como "Jacobo el leñador" o "La oración del labriego", que según cuenta la leyenda se la inspiraron unos jornaleros que hacían sus labores mientras otro gran grupo, festivo, celebraba una jarana en la Pampa de Amancaes. Pinglo resulta, así, el más eximio apologista de Lima. Las calles de las que habla su legendario tema "El plebeyo" no son otras que las arterias limeñas alumbras con "la luz artificial con débil proyección". "El huerto de mi amada" no existió en otra parte sino en Lima y el arrabal que añora en "De vuelta al barrio" es muy plausiblemente su Barrios Altos, donde "no existe ya el café ni el criollo restaurant".

NOSTALGIAS VIRREINALES
Con el tiempo, la mayor intérprete femenina, Jesús Vásquez, será limeña (habrá de nacer en la calle Pachamamilla, cerca del templo de las Nazarenas) y limeña será la compositora de la nueva hornada que creará una imagen mítica y atávica de Lima, Chabuca Granda; cosa curiosa, por cierto, pues Chabuca nació en Cotabambas (Apurímac), pero es limeña por su carrera musical, pues Lima es el tema privilegiado de sus composiciones. "La flor de la canela", "Puente de los suspiros" o "Fina estampa" hablan de personajes o barrios emblemáticos limeños. Nunca la nostalgia tendrá mejor compañera que Chabuca. En la mayor parte de su producción se quejará elegante y lastimeramente por la Lima que se fue y no volvió más.

Mientras duró el reinado de la radio (los criollos cantaban en vivo en Radio Nacional, ante centenares de admiradores), los criollos se desvivieron por esa imagen melancólica o jaranera de Lima. Laureano Martínez Smart dice que Lima es "tierra peruana de mujeres tan hermosas / donde nacieron los poetas de renombre" ("Lima de antaño"), mientras que para Augusto Polo Campos la limeña "tiene alma de tradición" ("Limeña") o "Si Lima pudiera hablar le pediría a su cielo / que se convierta en pañuelo para ponerse a bailar". Para Félix Pasache Lima es "encanto alegre y virreinal / eres dulce y bohemia, orgullo tradicional" ("Lima sin ti"). Y para Mario Cavagnaro, precisando el absoluto dominio de la capital, Lima resulta ser "la novia del Perú" ("Lima de novia").

Esta imagen idílica, que hoy todos rememoran, acabó de golpe y porrazo con la migración andina, cuyos años decisivos, según hace el recuento el antropólogo José Matos Mar, vendrían desde fines de los 50 hasta bien entrados los 60, cambiándole ferozmente el rostro a Lima. Con la migración, llegó el folklore andino, pero recluido a los coliseos o festividades en los conos. Los nuevos criollos (hijos de los migrantes andinos), en los 70 repudian el folklore, que no tocaba a Lima en sus letras, y crean un ritmo nuevo, que sería mal mirado en un principio: la chicha, que malcopiaba los acordes tropicales de la cumbia colombiana, vía grupos orientales como Juaneco y su Combo, o limeños como Enrique Delgado y sus Destellos.

LA CHICHA FERMENTA EN LIMA
La avalancha chichera sacó de su centro la temática criolla. Las letras de este nuevo ritmo híbrido ya no tratarán tan bien a Lima y lo limeño. Los Shapis son el eco de los vendedores ambulantes: "Por favor, déjame ya / no me quiten mi merca, / trabajar en la ciudad, / es mi afán y no robar" ("Así es mi trabajo"). Chacalón y la Nueva Crema será el ídolo de los nuevos limeños: los habitantes de los cerros, provincianos o hijos de éstos, que encuentran muy duro sobrevivir en la capital. En "Soy provinciano" apostrofa a Lima: "Busco una nueva vida / en esta ciudad, ah, ah... / donde todo es dinero / y hay maldad, ah, ah...".

Vecinos de los chicheros, los hijos de los antiguos criollos, de los barrios venidos a menos como el Rímac, Barrios Altos, Breña o el Cercado, donde antes brillaba el criollo bordonear, se radicalizan musicalmente y optan por un rock'n roll ríspido que se haría emblemático en la movida subterránea con bandas como Zcuela Crrada, Narcosis, Leuzemia o Guerrilla Urbana, que ya pasan directamente a insultar Lima, como la canción clásica de este último grupo que se limitaba a declamar: "Lima es una mie., Lima es una mie.". Pero quienes mejor expresarían ese desencanto frente a Lima serían Los Mojarras, liderados por Cachuca, que exaltan a personajes marginales de Lima como su "Sarita Colonia" o hacen el mejor retrato subte de lo que es la capital: "Triciclo Perú".

Las nuevas hornadas de músicos, como Los Turbopótamos, tendrán una posición crítica ante Lima y desenrollarán (por eso de sacar su "rollo") su postura a través de temas como "El Metro" y "La Chola", dos pintorescas exposiciones de ese nuevo sentimiento. De la ira subte, los nuevos músicos pasan a la ironía y el desenfado. Eso se nota también muy claramente en esa variante llamada "chongo rock" que ha hecho popular "Los Nosequién y los Nosecuantos", que incluso trataron muy festivamente un episodio terrible: el terrorismo, con su tema "Las torres". Pero este es otro cantar; hablar de los músicos actuales requeriría de otro artículo. La disputa musical con Lima no ha acabado.

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