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MISTICISMO Y ALTERIDAD. A CUARENTA AÑOS DE LA MUERTE DE THOMAS MERTON

Un monje en el desierto

Thomas Merton (Prades, Francia, 1915) murió en Bangkok en 1968. Fue escritor, poeta, antropólogo, luchador social y monje. A continuación un acercamiento a su obra, sobre todo, su célebre autobiografía La montaña de los siete círculos y Ishi, su último libro dedicado a los pueblos antiguos de la América central.

Por Gabriel Icochea Rodríguez

Thomas Merton desarrolló líneas de trabajo aparentemente contradictorias. De un lado, la reflexión y la poesía mística y de otro, la defensa de las minorías sociales. Una postura aparentemente ambigua; un estar dentro y fuera del mundo. El retiro, la autoexclusión espiritual ¿Mantiene algún vínculo con los asuntos de la sociedad y la política? La respuesta desde Merton parece afirmativa. Esta entrada a su obra presenta una imagen señera de la religión. No somos cristianos solo fuera del mundo sino dentro del mismo. Hace varios siglos, la aparente aporía entre unos cristianos que buscaban la vida ejemplar en un ámbito extramundano y de otros que la buscaban en lo intramundano fue lo que marcó la diferencia entre católicos y protestantes.

Merton, a partir de dos condiciones diferentes, reflexiona desde una sola matriz: la de su fe. Y nadie podría advertir -sin antes leer La montaña de los siete círculos-que el joven bon vivant del que se habla en estas páginas es el mismo monje que años después escribirá desde el retiro monacal. Aunque, ciertamente, el proceso de la conversión se halla narrado como un camino sinuoso.

La montaña de los siete círculos es una de las mejores autobiografías de todos los tiempos. Escrita con la mesura y la claridad de la mejor literatura anglosajona; es un recorrido por la Europa anterior y posterior a la segunda mundial. Un viaje por la interioridad del autor y por su entorno. Un padre pintor, muerto prematuramente; una familia acomodada y liberal y unas duras normas de educación inglesa recrean su etapa juvenil; luego viene el drama de la guerra, la fallida seducción del ideal comunista y la conversión absoluta al ideal religioso.

EL MISTICISMO Y LA SOLEDAD
El pensamiento místico de Merton se aleja de la sistematización de la escolástica y recorre los caminos libres y tradicionales del aforismo. Unos pensamientos que mezclan bien la sabiduría de la vida y la religión. Atraviesan el estilo de la mística tradicional.

Merton nos ha dejado páginas notables sobre la soledad. El contexto de la soledad es el desierto. Allí en ese espacio no hay nada excepto el hombre mismo. Ningún otro espacio es mejor para encontrarnos con Dios que el desierto. Allí el hombre al hallarse solo a sí mismo también hallará a Dios. El desierto no será transformado por el hombre, será permanentemente un espacio solitario. Por ello, la época actual que ha convertido el desierto en un lugar habitable es engañosa. Porque si bien los desiertos desaparecen; la desesperación que iban a expiar los antiguos en ellos se ha extendido a todas partes. La angustia de la vida moderna ha convertido a las grandes ciudades en desiertos. Los hombres están mediados por el vacío de las grandes ciudades.

Merton no soslaya una crítica a la modernidad que asume distintos aspectos. Sin incurrir en los tópicos de la secularización, la modernidad es una enajenación del hombre consigo mismo. Dicha condición es tratada en más detalle en sus ensayos antropológicos.

ANTROPOLOGÍA, COMPRENSIÓN Y ALTERIDAD
Los textos de Merton dedicados a las culturas aborígenes de Norteamérica o a la causa negra en los Estados Unidos constituyen mucho más que una simple proclama. Todos los acercamientos son intentos de comprensión de los sujetos involucrados. Pervive en la prosa del poeta una hermenéutica del otro. Y la comprensión abarca las situaciones más difíciles: las estrategias de supervivencia, la crónica de la colonización y de la resistencia y, sobre todo, la comprensión de las dinámicas sociales.

Las maravillosas páginas de Ishi -el último de sus libros- son reflejos de un trabajo antropológico de enorme valor. La recuperación de las culturas maya y zapoteca a la luz de un enfoque que más allá de la denuncia tiende a percibir casi con perplejidad la existencia de un mundo en el que la vida se daba con plena felicidad. Esta recuperación es al mismo tiempo un cuestionamiento de la historia entendida como progreso.

El pueblo primitivo que construyó la ciudad de Monte Albán no practicó la guerra ni careció de recursos. El excedente material no invertido en lo bélico fue destinado al arte, la arquitectura y al culto religioso. Los pobladores no creyeron que hacían con el arte algo diferente de la cotidianidad sino que la cotidianidad misma estaba llena de matices religiosos y estéticos.

En la organización zapoteca hay una racionalidad distante de la modernidad occidental. Por lo menos estos sujetos ignoraban tres cosas: el avance tecnológico, la falta de historia y la desidia total por las artes guerreras. La diferencias con la civilización actual se hallarían marcadas por dos modelos sociales casi contrapuestos: en el zapoteca la vida se vive plenamente en el presente y en la modernidad occidental la vida apunta hacia el futuro permanentemente. En términos diáfanos, en una sociedad se tiene la sensación de estar en un constante viaje y en la otra, se tiene la sensación de haber llegado.

La primitiva sociedad zapoteca fue agraria pero logró proveer a sus habitantes de los recursos necesarios para la supervivencia física y la vida cotidiana poseía un matiz creador. La prueba más evidente de satisfacción se encuentra en que esta civilización no se preocupó en inventar la rueda. Esa resistencia no se fundaba en ninguna incapacidad; se explicaba más bien en la negativa a emigrar. Nadie quería desplazarse porque todos se hallaban satisfechos.

La tecnología, que fue el aspecto de la vida social que marcó la diferencia entre la modernidad y los periodos anteriores, es vista desde un enfoque psicoanalítico, como una exteriorización de la libido. Los hombres crean instrumentos como una forma de proyectar su fuerza libidinal. En sociedades primitivas, como la zapoteca, no hubo necesidad de crear instrumentos; su fuerza libidinal se encontraba en su propio cuerpo y en el contacto de éste con la naturaleza. El primitivo, al igual que el niño, se relaciona con las cosas de un modo narcisista. La relación entre el niño y el mundo es puramente ritual y estética. El vínculo del hombre moderno con las cosas pretende recomponer a un hombre que ha sido dividido y lo hace a través de las cosas. En otros términos, los hombres valen con relación a las cosas. En el paradigma antiguo y desde la perspectiva infantil, las cosas tienen valor mientras nos proveen de goce estético, pero no afirman nada sobre nuestro propio valor.

El misterio de la ciudad de Monte Albán se acentúa en su final. La urbe nunca fue destruida; simplemente, abandonada. No fue atacada militarmente; aunque cabe la posibilidad que un exceso demográfico haya terminado por convertirla en poco administrable. Es probable, además, que la elite de sacerdotes y eruditos emigrara hacia el sur y el grupo humano perdiera su reserva cultural.

Merton sugiere una interesante confrontación entre un poema de Lao Tse en el cual desarrolla la idea de una sociedad ideal: país pequeño, población reducida, gente satisfecha con su propias costumbres y con su vida cotidiana, sin deseos de emigrar. No es audaz imaginar que el sabio chino no habría disentido si señalaba a los pobladores antiguos de Monte Albán como los personajes de su utopía.

El universalismo de Merton está del otro lado de posturas que pretenden restringir las referencias centrales de la cultura a la tradición occidental. El mundo considerado bárbaro o gentil posee características profundamente rescatables. Su acreditada condición de antropólogo e intérprete lo convierte en una parte dialogante del cristianismo con otras tradiciones y por eso mismo, en una figura de envergadura universal.

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