Por Gonzalo Galarza Cerf
El camino es una prueba de que no siempre un ascenso connota una mejora. El bus remueve el estómago, pero el paisaje golpea a la conciencia mientras el vehículo sube las cuestas hacia Las Gardenias, en Pamplona Alta. En los asientos de atrás, Camila, Rossana y Denisse cortan corazones rosados y arman tarjetas por el Día de la Madre. Delante de ellas, Ana Belén mira ensimismada por la ventana las casas erigidas con triplay y calamina y más necesidad e ingenio que otra cosa. Hoy, ellas y quince chicos del colegio Markham les darán un momento de felicidad y ayudarán a los niños de este asentamiento humano enclavado en un cerro de San Juan de Miraflores.
Hoy también es cumpleaños de Ana Belén, pero de eso no quiere hablar mucho. Hace casi una hora, tras sonar el timbre de salida de su colegio y mientras sus amigas guardaban sus cosas en sus 'lockers' y otros alumnos se iban con sus laptops, Ana Belén las invitaba a hacer algo juntas y reía y saludaba. Ahora, en cambio, sigue en silencio mirando por la ventana con sus 17 años recién cumplidos y la certeza de "lo afortunado que somos por la escuela en la que estamos y la oportunidad que tenemos de ayudar a los demás".
El estereotipo que recae sobre los estudiantes del Markham es el de ser niños que viven dentro de una burbuja, que les falta conocer la realidad del país y pisar tierra. Así lo reconocen Ana Belén y la profesora Alicia Ríos, quien es la coordinadora de CAS (Creatividad, Acción y Servicio) y del Service Council, dos programas de ayuda social del colegio. Sin embargo, la estudiante aclara: "Hay un montón de alumnos conscientes que saben que el Perú no es solo Larcomar, La Molina y la playa. El colegio te ayuda un montón a ver eso".
Lo que no se dice del Markham es que algunos de sus alumnos y profesores, en conjunto con otros trabajadores y padres de familia, han construido seis aulas temporales para niños de Sunampe tras el terremoto. Ni que ellos y varios voluntarios de otros colegios del extranjero levantaron dieciséis centros comunitarios en Chincha. Menos que sus estudiantes han organizado maratones y venta de polos y brownies para recaudar dinero y donarlo al Instituto Nacional de Enfermedades Neoplásicas y a niños que han sufrido quemaduras.
LA LLEGADA
El bus llega hasta la última parte del camino: el resto solo son cerros y piedras y más arena. La pulcritud del uniforme de los chicos contrasta con la precariedad de las casas. Sin embargo, en minutos ellos pasan a formar parte del escenario de esta tarde: se mezclan con los infantes del nido Nuestra Señora de la Reconciliación y los ayudan a llenar las tarjetas por el Día de la Madre. Otros se dirigen al comedor que limita con el asentamiento humano Emilio Ponce Huanay, en Villa María del Triunfo.
Como la mayoría de peruanos, la familia del Markham también se ha solidarizado con las grandes tragedias que han sucedido en el país: los terremotos de 1970, el ocurrido en el sur del país en el 2001 y el de agosto del año pasado en el sur chico. Sin embargo, desde hace catorce años con el bachillerato internacional es que la labor social pasa a ser un requisito en las aulas: los alumnos deben completar cincuenta horas para graduarse. Otras escuelas que siguen el mismo programa han establecido la misma disposición.
Marcelo, Marco y Sebastián no tendrían porqué venir: los tres cursan el cuarto de media y, sin embargo, están en el comedor enseñando matemática y lenguaje y mostrando su lado más humano ante la sonrisa de la profesora Alicia Ríos. "Es curioso cómo hace cuarenta minutos estaban sentados escuchando mi clase de Historia y ahora ellos son los profesores", dice Ríos, una antropóloga que tuvo que abandonar el país junto a su familia tras un ataque terrorista al restaurante de sus padres.
La comunidad de Las Gardenias, nacida hace ocho años, ha encontrado en estos muchachos de piel lozana, cabellos claros y sonrisas sinceras una alternativa para paliar sus inmensas necesidades. Sentada en una de las mesas del comedor, Carmela Assho indica a su hija cómo debe resolver la tarea dejada por su maestra. Al costado, Sebastián hace lo mismo con su otro hijo Eduardo, quien suma números que difícilmente se retendrían en la memoria. "Cuando veo que no entiendo, sobre todo en matemática, vengo acá para que nos ayuden los chicos", señala Carmela.
Sebastián y Marcelo se han ganado la fama en el colegio de ser capaces de levantar casas prefabricadas, ellos solos y en un solo día, en las zonas devastadas del sur chico. Lo cierto es que son cada vez más los alumnos que se suman a las labores sociales y que en los últimos cinco años el número de participantes se ha duplicado. Solo el programa CAS cuenta con 155 integrantes. "Siempre me ha gustado ayudar. El fin de semana, por ejemplo, me voy a Chincha con cinco franceses a reconstruir", cuenta Sebastián.
Su testimonio sobre cuál fue su primera impresión al venir a Las Gardenias es similar al del resto de sus compañeros: "Había viajado por el Perú, pero ver un lugar en estas condiciones, a tan solo veinte minutos de Lima, te choca". Cuando Sebastián no está en Pamplona Alta, está practicando básquet, haciendo sus tareas o preparando su viaje a Chincha. Dice que sus padres a veces piensan que hace demasiadas cosas. En este momento, señala los pasos a seguir para resolver una ecuación aritmética. Luego dirá que hacer estas labores le han dado mayor madurez y lo han convertido en una mejor persona.
LA PARTIDA
Metros abajo, en el patio del nido, el profesor Robin Morrison observa la pared que en un futuro pintarán y decorarán, como lo han hecho anteriormente con la fachada del lugar. Luego realizarán otras labores para cubrir algunas necesidades inmediatas, y buscarán otro proyecto para seguir brindando ayuda.
El año pasado en Cerro Verde, una comunidad cercana, los estudiantes construyeron unas escaleras y un comedor junto a sus habitantes. "No imaginaba lo primordial, que son las escaleras para estas zonas", dirá la profesora Ríos más adelante y resaltará junto a otros alumnos el esfuerzo y el papel relevante de las madres en los hogares. Los gestos de agradecimiento que ha recibido por parte de los pobladores han hecho que siga buscando proyectos con más convicción. Por ahora, sus alumnos siguen jugando con los niños que corren de un lugar a otro simulando ser superhéroes con los antifaces de colores que les han creado .
Por un momento, el recreo se torna general. Algunos escriben y garabatean sus tarjetas por el Día de la Madre, otros se suben en las espaldas de los alumnos y ríen. Y hay otros, como Camila, que están guardando las mesas y los colores y los materiales para partir. Tienen que llegar a las cinco al colegio. Pero, como dice la estudiante, "aunque sea por un momento del día los podemos hacer felices, pues seguro en sus casas tienen problemas".
La profesora del nido, Carol Páucar, y la señora Delia López le entregan una carta a la profesora Ríos en la que solicitan el apoyo de víveres para armar las canastas por el Día de la Madre. Luego dicen que acá falta de todo un poco y se despiden. De pronto, un niño se cae al suelo y su frente termina con una pequeña mancha de sangre.
--¿Ya se van? --pregunta el infante herido.
--Sí. Chau, chau --dice alguien.
Los chicos del Markham suben a la coaster y parten, pero la herida seguirá en la frente de ese niño y en Las Gardenias.