LA SEMANA QUE PASÓ
Por Pedro Ortiz Bisso
De los fracasos de nuestro fútbol, Manuel Burga dice que solo es responsable político. Que él no juega --¡gracias a Dios!-- y por eso no existe razón que lo empuje a tomar la decisión que, de acuerdo con la última encuesta de Ipsos Apoyo, el 96% de los limeños aguarda con impaciencia (¡menos mal que la encuesta no fue en el ámbito nacional!). Manuel Burga, qué novedad, no va a renunciar.
Apena profundamente que una persona de bien --pese a todo lo que se ha dicho, me parece que lo es-- viva con las anteojeras puestas, aferrado a un cargo para el cual ha demostrado no estar capacitado y que solo le ha permitido aumentar el millaje de su tarjeta de viajero frecuente en la misma proporción del rechazo de la ciudadanía.
La organización futbolística del país, tal como está, no funciona. Pero intentar cualquier cambio estructural manteniendo en su lugar a su cabeza más visible, al personaje cuya sola imagen remite inmediatamente al fracaso y al descrédito sería un acto irracional, un absurdo mayúsculo.
En realidad, no es su falta de capacidad para dirigir los destinos del fútbol peruano lo que descalifica a Manuel Burga para el cargo. El mundo está lleno de instituciones y empresas manejadas por personas que carecen del conocimiento y el perfil para hacerlo. Rodearse de buenos asesores a veces puede disimular esa carencia. Manuel Burga debe de irse por una razón mucho más simple, pero no menos importante: porque nadie le cree. Cuando se pierde la credibilidad, se acaba el respeto. El personaje se transforma en una caricatura de sí mismo, en objeto de burla, rechazo, aversión. Se pierde la dignidad.
En su descrédito, Burga ha arrastrado a la federación. Por eso el fallo de la Comisión de Justicia sobre el caso El Golf Los Incas, más allá de su contenido, ha despertado tantas reacciones negativas. Por eso no hay día en que los dirigentes y cada vez más jugadores enfilen sus baterías hacia la Videna. Por eso ha costado tanto encontrar a un entrenador para la selección Sub 20 (los mejores no quisieron aceptar).
La institución deportiva Federación Peruana de Fútbol ha perdido respeto y credibilidad. Y así, cualquier cambio que no incluya el reemplazo de su cabeza, sería un esfuerzo sin sentido.