Primo hermano de Alberto de Mónaco visitó Candamo
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Lea 'Mi visión del Candamo', la crónica de viaje escrita por Christian Rainier sobre los días que pasó con su hijo en la reserva natural
Mi visión del Candamo.
Por Christian Rainier de MassyLos preparativos para el próximo Grand Prix de Fórmula Uno han comenzado y Mónaco se transforma. La Avenue d'Ostende se convierte en una pista de carreras. El Boulevard de la Princesse Charlotte se congestiona y el Café de París estalla de bullicio y actividad. Confieso que no soy un amante de las multitudes, ni de la música estridente, ni del alboroto, por glamoroso que sea. Amo la tranquilidad y los sonidos de la naturaleza. Por eso acepté la invitación de Daniel Winitzky para internarme en el Candamo. Su descripción de una gran selva sin hombres capturó mi imaginación. Logré persuadir a la madre y los maestros de mi hijo Antoine (mi gran compañero de expediciones) de que las enseñanzas de este viaje compensarían una semana de ausencia en clases. No me equivoqué. Lo que encontramos en el Candamo excedió largamente nuestras expectativas. Quisiera tener la elocuencia de un autor clásico para expresar lo que allí he visto, sentido y aprendido. Aquí mi humilde intento.
Hemos visto la metamorfosis del río Tambopata. Sus aguas lentas, cálidas y chocolatadas en Madre de Dios se han hecho rápidas, frescas y azules al ingresar a Puno. Las orillas barrosas dieron paso al canto rodado y, luego, a la roca viva en que está labrado el lecho del río Candamo. Del horizonte plano de la selva baja han surgido los primeros escalones de los Andes y la sucesión de colinas forradas de jungla resulta en un paisaje de majestad sobrecogedora. No sabía que algo así existía. Esta es la unión de los Andes con el Amazonas. Para obtener algo parecido habría que juntar los Himalaya con Borneo.
Aquí no hay gente. Ni una choza, ni una chacra, ni una huella. A los ojos de la fauna somos una rareza. Del venado que pasta en una isla obtenemos apenas una apática mirada. El oso hormiguero cruza el río con similar indiferencia. En cada playa, las huellas de jaguar y de tapir dan cuenta de la buena salud del bosque. A mi izquierda, el río embiste y carcome el barranco del bosque maduro, donde las caobas y los cedros, los chihuahuacos y las lupunas, es decir, los grandes árboles emergentes, siguen en pie. En sus horquetas anidan las águilas moneras, arpías y crestadas, que prosperan por la abundancia de monos, perezosos y puercoespines. A mi derecha se estaciona el sedimento derrumbado, formando una nueva playa donde tendemos nuestras carpas. Dormimos en las antípodas del bullicio monegasco.
Nos acompañan dos de los protagonistas de "Candamo", el filme que persuadió a la mayor empresa petrolera del mundo a renunciar a sus ambiciones comerciales y entregar la zona para la creación de un Parque Nacional. Ellos son los deliciosos Melo y Mañuco. Solo puedo lamentar la ausencia de Mishaja, mordido días atrás por una víbora y quien se recupera en Puerto Maldonado. Melo conduce la canoa zigzagueando entre rocas y troncos sumergidos. A veces, cuando el río lo permite, engríe a Antoine confiándole el motor. Mañuco es fascinante. Parece leer el futuro. Conoce cada árbol, cada planta, cada hoja. Alivia mi jaqueca con raíces y soplidos de tabaco. ¿Realidad? ¿Sugestión? Poco importa, pues me siento como nuevo.
Bastan 20 minutos de caminata para encontrar a los monos aulladores. Mañuco reta a duelo al gran macho de la manada imitando su cantar y desata un rugido estentóreo e interminable que nos conmina a no seducir a sus monas. Más allá encontramos a los monos araña; luego a los machines. Después, los frailecillos. Y más allá, los tocones. Trepando por el filo oblicuo de una cornisa, el bosque se carga de niebla y cambia la vegetación. Al menos 50 especies de aves se añaden aquí a las casi 600 que viven abajo, entre ellas la perdiz negra, el comefrutas garganta de fuego o el misterioso paujil unicornio. Y quién sabe cuántas más.
Cuando hace algunos meses circuló la versión de que este paraíso natural podría ser excluido del Parque Nacional Bahuaja Sonene, un sentimiento de alarma se propagó en el mundo entero. Felizmente, el Gobierno del Perú disipó esos temores ratificando su intangibilidad, decisión que merece mi más elocuente felicitación. El Candamo es el corazón de la mayor selva deshabitada y sin cazadores del planeta, un valle escondido rodeado de una pared circular de montañas que lo aísla naturalmente del mundo y garantiza la conservación de su incomparable biodiversidad.
Mañuco, en su pequeña canoa, pone a prueba mis nervios llevándome a menos de un metro de un caimán paleosuchus, cuyos ojos rojos no se dignan a mirarme. La risa franca y transparente de Mañuco me convence de que no hay nada que temer. ¡Qué diferencia con mis otras experiencias amazónicas, cuando apenas logré acercarme a 30 metros de un caimán huidizo y desconfiado! ¡Qué milagro de conservación! ¡Qué gran orgullo para el Perú!
Ya en Monte Carlo, mientras vemos el documental con las aventuras de Melo, Mañuco y Mishaja, que será exhibido esta semana en el Collège Charles III de Mónaco, Antoine me regala estas palabras: "Gracias, papá, por llevarme al paraíso". Espero poder retribuir en Mónaco la invitación de Daniel. Será muy difícil.
ENFOQUE
La selva amistosa*En 1953, Paramount Pictures estrenó "Cuando ruge la marabunta". En una escena memorable, Charlton Heston encuentra el esqueleto de un hombre en una canoa y dice: "Estaba borracho, plato fácil para las hormigas". Luego logra salvar de las hormigas asesinas a la bella Eleanor Parker. Si el guionista hubiese honrado la verdad en vez de distribuir desinformación, Charlton Heston y Eleanor Parker hubiesen cogido sus binoculares y pasado una hermosa mañana viendo las 60 especies de aves y varias especies de monos pequeños que siguen a estas hormigas, alimentándose de los insectos y pequeños vertebrados que de ellas escapan. Pero es difícil sustraerse a la tentación de exagerar los peligros de la selva. En un reciente programa del National Geographic Channel, un rudo explorador inglés dice: "Voy a poner mis pies en las aguas infestadas de pirañas del río Tambopata", es decir, en las mismas aguas donde dos miembros de la familia real de Mónaco acaban de nadar y chapotear en felicidad absoluta. ¿Nadie quiere decir que la piraña es un pez frugívoro, de dientes afilados para cortar los duros frutos del monte y que solo es peligrosa cuando se encuentra aislada en concentraciones extraordinarias? ¿Cuántos turistas más dejarán de visitar nuestra Amazonía por la perpetuación frívola de la desinformación y del disparate?
* Daniel Winitzky